Cogió un cuchillo y lo deslizó con frustración por la pared, hasta hacerlo chocar contra el marco de la puerta. Astillas escondidas en barniz saltaron asustadas. Las lágrimas brotaban del metal, acompasadas con las de su portador. Estúpidas plañideras oportunistas.
La prisión origami que se conformaba con cada uno de sus pasos, se divertía en cambiar de forma para atraparle eternamente. Marcos Carabal luchaba contra el destino. Un mar de recuerdos que jamás pudo conocer realmente. Vidas pasadas, ajenas a la suya se proyectaban en sus sombras. De nuevo la niña del vestido rojo tiñendo de sangre sus mejillas.
Y así, quieto, mientras lloraba en silencio, evidenció la escapatoria que siempre le habían negado. Tenía ante sí, la ventana por la cual su mejor amiga había saltado dias atrás. Espejo de sinrazón que le devolvía la sonrisa, rezando un réquiem por adelantado. Deseaba ser explorada, pervertida y violada. Disfrutaba con la idea de ver al chico de ojos verdes saltar a través de ella. La rendición circense de la peor actuación de su vida.
Tres golpes fueron suficientes para sacarlo del embrujo. La puerta herida llamaba a su través, aprendiz de ángel de la guarda.
Un fuerte olor a puro se coló en el interior de la casa.
Marcos permanecía inmóvil, incapaz de levantar la mirilla que le observaba a escasos centímetros. Su instinto de supervivencia se balanceaba alocadamente, agrietando el poco raciocinio que quedaba en su mente. Ahora si, ahora no. Ventanas. Puertas.
Su figura partida entre las astillas, el cuchillo y su némesis. Un demonio venido desde lejos, deseando rendir cuentas con el pasado. Aquél pasado del que huía instantes atrás, se esforzaba por adelantarle por la derecha y cruzarse en su camino. Ansiaba el impacto de los antagonistas que vieron llorar lágrimas carmesí a la joven inocente barcelonesa. Y los conseguía enfrentar, fuera cual fuera la decisión que tomasen.
Dos golpes más. Taimados, pausados, seguros en su forma. Jose Antonio esperaba paciente que Marcos abriera la puerta. Sabía que lo haría. Estaba escrito. Literalmente.
Marcos sentía como el aire iba intercambiándose con más fiereza con cada segundo que pasaba. Sus pulmones se encogían intentando no contaminarse con la maldad que flotaba a su alrededor. Una bocanada. Otro golpe en la puerta. Media bocanada. Se agachó lentamente y volvió a coger el malherido cuchillo.
Recordaba haberlo leído en los "Cuentos para Monet": la visita inesperada en el piso de la avenida Malvarrosa. Un capítulo que había disfrutado escribiendo antaño, y que ahora se consumía sobre sí mismo.
Sabía que pronto volarían astillas. El pulso se aceleraba mientras el chico veía el pomo girar lentamente. Astillas. Tenía que pensar algo rápido. Analizaba las posibilidades de huida, al tiempo que se convencía de que alargar la agonía no era algo típico de él. Según el relato del pasado debían enfrentarse en este punto, y en realidad, ninguno de los dos iba a morir.
Se puso de pie con entereza y apretó el gesto. La cerradura seguía negándole la entrada a J.A., obligándole a hacer volar astillas. Los segundos devoraban la vida de los dos enemigos separados por una puerta herida. Tres golpes violentos siguieron destrozando el marco donde antes había impactado el cuchillo. El cuarto se continuó de un poderoso filo de hacha asomando a través de él. El quinto hizo saltar más astillas.
Fragmentos de madera moribunda fueron cayendo abatidos, alejándose de la escena. Un orificio quedó cuando el filo de acero se retiró, y la forma de un hombre enfundado en una gabardina apareció risueña. Marcos congeló el temple, disfrutando con la seguridad de ser él quién había escrito aquello. Sus miradas se cruzaron, y la puerta se abrió obedientemente.
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